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Armin Risi: cambio de era, seres de luz y la revolución de las mentes

Foto del escritor: Spiritual Network
Spiritual Network
28 jun
8 min de lectura

Actualizado: hace 4 días



A los diecisiete años, Armin Risi dejó la escuela.


No porque hubiera fracasado. No porque estuviera perdido. Sino porque algo en él sabía, con una certeza serena que todavía no podía explicar, que el camino que le estaban trazando no era el suyo.


No sabía qué vendría después. Solo sabía que tenía que dar el paso. Y cuando lo dio, confiando en lo que sentía más que en lo que entendía, se abrió una puerta que quizá nunca habría encontrado si se hubiera quedado.


Esa puerta le llevó a dieciocho años como monje védico, a décadas de estudio de textos en sánscrito y de filosofía occidental, a once libros de referencia sobre la transformación espiritual de nuestro tiempo. Y le llevó, finalmente, a esta conversación.


Es una de las voces más reflexivas del mundo espiritual germanohablante. Habla despacio, con precisión, con esa clase de arraigo que no nace de la certeza, sino de la larga práctica de no saber y seguir adelante de todos modos.



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EL NIÑO QUE SENTÍA QUE ALGO NO ENCAJABA


Armin creció con una sensación que no sabía nombrar. No exactamente angustia. Algo más parecido a un desajuste silencioso: la impresión de que la versión de la historia y de la realidad que le enseñaban no coincidía con lo que, de algún modo, ya sabía.


A los trece años tomó una decisión íntima. O todos los demás estaban equivocados y él tenía razón, o él estaba equivocado y todos los demás tenían razón. Eligió, como hacen los niños cuando no tienen otra opción, suponer que el problema era él. Volvió a los libros. Leyó mucho. Esperó.


Entonces, a los diecisiete, descubrió los textos védicos, las grandes escrituras en sánscrito de la India. Y algo cambió.


«No estaba solo», dice. «Ahí había una tradición inmensa de conocimiento, un gran portal de sabiduría que confirmaba con detalle lo que yo había intuido».


No planeó lo que ocurrió después. En pocos días se había convertido en novicio de un monasterio de Krishna. Así viviría los dieciocho años siguientes.



DIECIOCHO AÑOS EN EL ÁSHRAM


La vida de monje, tal como la describe Armin, no era el encierro austero que suele imaginar Occidente. Las puertas siempre estaban abiertas. Uno podía irse en cualquier momento. El compromiso era real pero no forzado, y era de carácter védico, lo que significaba algo concreto.


«En la concepción católica», explica, «uno se compromete de por vida. En la tradición védica, vives como monje mientras ese sea tu camino. Sabes que puedes irte. No hay presión psicológica para decidir para siempre».


El día empezaba a las cuatro de la mañana: meditación, cantos, ceremonia, estudio de las escrituras. Armin trabajaba sobre todo como traductor, pasando al alemán textos sánscritos a partir del inglés. Esa fue su inmersión. Año tras año, con los mismos libros, una y otra vez, y cada lectura abría algo que la anterior no había abierto.


Y poco a poco, cuando otros en la comunidad notaron la claridad de sus explicaciones, llegaron las primeras peticiones: ¿por qué no lo ponía por escrito?



LA TAREA DEL ARTISTA, LA TAREA DEL POETA


Uno de los hilos que recorren esta conversación es la profunda convicción de Armin sobre el papel del lenguaje y el arte: no como adorno, sino como puente entre mundos.


Habla de los idealistas alemanes —Schiller, Hölderlin, Goethe— no como piezas de museo, sino como revolucionarios espirituales. Hölderlin, de joven, declaró su fe en una revolución venidera de las mentalidades y los modos de pensar que haría avergonzarse a todo lo anterior. Armin se lo toma en serio. No lo ve como una curiosidad histórica, sino como una profecía viva.


«La tarea del artista», dice, «es hacer visible lo que aún no puede verse, hacer audible lo que aún no puede oírse. Traer lo espiritual, a través de la forma y el lenguaje, al mundo donde la gente pueda reconocerlo».


Por eso los poetas antiguos escribían en verso, con ritmo y métrica. No como elección estética, sino porque la forma misma tiene sentido: porque el ritmo es una especie de geometría sagrada, un reconocimiento del orden divino que subyace a toda la creación. Cuando un poeta se somete a la forma, sugiere Armin, expresa algo: que nosotros, como seres humanos, estamos en armonía con el orden del cosmos. No estamos separados de él.

Armin describe este modo receptivo en una respuesta breve propia: ¿por qué llegan las respuestas cuando dejas de buscarlas?


Su libro más reciente, Seelenwegbilder (Imágenes del camino del alma), vuelve a la poesía tras décadas de prosa filosófica. Lo describe como una obra que tenía que terminarse. No porque la hubiera planeado, sino porque fue llamada.



LOS CICLOS DE LA CONCIENCIA


Armin habla largamente de lo que llama los ciclos de la conciencia humana: los grandes arcos de tiempo en los que la humanidad atraviesa distintas capacidades de percepción y comprensión.


En épocas anteriores, explica, no hacía falta formular lo espiritual de forma lógica. Era evidente, como el agua es evidente para un pez. La gente sabía, sin que se lo dijeran, que formaba parte de algo mayor. Lo mítico y lo lógico no estaban separados. Eran uno.


Pero vivimos en una época en la que esa unidad se ha roto. El mito ha degenerado en superstición; la lógica, en intelectualismo sin alma. Y el resultado, sugiere Armin, es lo que vemos a nuestro alrededor: una cultura saturada de información y hambrienta de sentido. La epidemia de depresión, agotamiento y vacío no la ve como un fracaso psicológico, sino como el alma pidiendo ayuda.


«Sin lo espiritual», dice, «nada tiene verdadero sentido. Ni siquiera la propia vida».


Pero este momento concreto de la historia tiene un regalo: por primera vez tenemos la capacidad de expresar lo espiritual de forma lógica. De formular lo que antes solo se sentía. De construir puentes que las épocas anteriores no necesitaban, porque la brecha entre materia y espíritu todavía no existía para ellas como existe para nosotros.


«Podemos ver que lo espiritual es lo más lógico que hay», dice. «Cuando se examinan de cerca las explicaciones materialistas, exigen un enorme acto de fe. Lo espiritual, en cambio, es lo que de verdad da sentido a las cosas».



SOBRE LA CONFIANZA Y LO QUE LA INTERRUMPE


Hay un momento en la conversación en el que la alta filosofía deja paso a algo más personal.


Armin reconoce que su profunda confianza en el camino del alma —su convicción de que cada persona está acompañada, de que siempre hay guía disponible, de que la vida se despliega como debe— no lo protege del todo del ruido y el miedo del mundo.


A veces su mujer lo nota en su energía, cuenta riendo. Sabe, con solo mirarle, cuándo ha estado viendo noticias políticas en internet. La inquietud se nota.


«Somos parte de este mundo», dice. «Y lo que pasa en él no nos deja indiferentes».


Pero la pregunta a la que vuelve siempre es la misma: ¿cuál es mi parte? ¿Qué puedo aportar? No desde la ansiedad o la obligación, sino en sintonía con lo que él llama la fuente: el fondo divino del que todo surge y al que todo vuelve.


«Hacemos lo que podemos y damos lo mejor de nosotros», dice, ofreciendo su lema vital como una síntesis de la Bhagavad Gita. «Esa es nuestra perfección personal. Puede que lo mejor de nosotros no sea perfecto. Pero eso, gracias a Dios, no es el criterio. La pregunta no será: ¿fuiste perfecto? La pregunta será: ¿diste lo mejor de ti? Con honestidad».



SOMOS RAYOS DEL MISMO SOL


La imagen a la que Armin vuelve una y otra vez, con formas distintas, es esta: somos rayos de un mismo sol.


Distintos, individuales, cada uno con su naturaleza, su camino y sus límites, y aun así nacidos de la misma fuente, volviendo a la misma fuente, capaces de dejar pasar esa luz original con más o menos claridad según cómo vivimos, qué buscamos y qué estamos dispuestos a dar.


«En teoría y en potencia», dice, «todo ser humano tiene la misma capacidad de dejar que esa luz brille a través de él».


No es un consuelo. Es un desafío. Y es, sugiere, la razón más profunda por la que cada uno de nosotros está aquí.


No vinimos a acumular experiencias, a conseguir comodidad ni a ser recordados. Vinimos, de la forma pequeña o grande de la que seamos capaces, a traer un poco más de luz al mundo.


Y eso, dice sencillamente, es lo más pleno que existe.



LA OBRA DE ARMIN RISI


Armin Risi es autor de once obras de referencia sobre espiritualidad y el actual cambio de paradigma, entre ellas Der radikale Mittelweg, Ihr seid Lichtwesen y su último poemario, Seelenwegbilder. Vive y escribe en Suiza.


Más información en armin-risi.ch


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Preguntas frecuentes

¿Quién es Armin Risi?

Armin Risi es un autor y filósofo que vive en Suiza. A los diecisiete años dejó la escuela, a los pocos días de descubrir los textos védicos se hizo novicio como monje de Krishna y vivió dieciocho años como monje védico, traduciendo textos sánscritos del inglés al alemán. Ha escrito once libros sobre espiritualidad y el cambio de paradigma actual, entre ellos Der radikale Mittelweg, Ihr seid Lichtwesen y el poemario Seelenwegbilder.

¿Por qué las respuestas llegan cuando dejas de buscarlas?

Porque el esfuerzo y la receptividad son dos modos distintos, y solo el esfuerzo se puede forzar. Armin Risi describe a investigadores que trabajan mucho tiempo en un problema y encuentran la respuesta mientras pasean o se dan un baño, justo cuando no la están buscando. Insiste en que antes hay que preparar el terreno: el esfuerzo crea las condiciones, pero no entrega el último paso cuando uno lo exige.

¿Qué quiere decir Armin Risi con «somos rayos del mismo sol»?

Armin Risi quiere decir que cada persona es única, con su propia naturaleza, su camino y sus límites, y aun así todas venimos de la misma fuente divina y volvemos a ella. Lo claro que brille esa luz original a través de alguien depende de cómo vive, qué busca y qué está dispuesto a dar. Para él no es un consuelo, sino un reto: estamos aquí para traer un poco más de luz al mundo.

¿Cómo es la vida de un monje védico?

Tal como la describe Armin Risi, la vida monástica védica es comprometida pero nunca forzada: las puertas están siempre abiertas y, a diferencia del voto católico para toda la vida, vives como monje mientras sea tu camino. Su día empezaba a las cuatro de la mañana con meditación, cantos, ceremonia y estudio de las escrituras, y trabajaba sobre todo como traductor de textos sánscritos. Vivió así dieciocho años.

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